jueves, 27 de febrero de 2014

miércoles, 12 de febrero de 2014

30 años sin vos.

Querido Cortázar, que falta me haces. 30 años sin vos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Yo mismo (relato rápido - ficción)

Y un día dejé de utilizar gafas o su versión más cómoda, las lentes de contacto. Decidí ver como mis ojos quisieran ver, como me habían tocado naturalmente vivir sus desgastes, sin artificios, solo abrir los ojos y ver lo que había.
No estoy ciego, quizá tenga algo como cuatro de miopía en cada ojo; para el que vea bien y no entienda de números de visión, explico: veo el autobús cuando se aproxima pero no puedo leer el número hasta que no esté casi encima. Solo veo un terrible animal mecánico que justo cuando viene a por mi, frena. Y allí mismo, en ese pequeño instante tengo que decidir si es el que me lleva a donde voy, o no.
Puedo ver de cerca, puedo leer y ver la comida que como sin necesidad de anteojos. Puedo ver la carita de mi hijo cuando lo acerco a mi para besarlo.
Pero de lejos todo es confuso, irreal y en cierta medida, mágico.
Tomé esta decisión ya cansado de la nitidez y de los detalles de las cosas. Desde mi segundo piso interior, cuando fumaba un cigarrillo en el balcón, solo veía paredes sucias, descorchadas y rotas, esqueletos de antenas en desuso y chimeneas monumentales inútiles. Un conjunto de formas grises que solo aportaban fealdad a mi momento de relax.
Ese momento fue el que me hizo cambiar.
Ahora, entre el humo del cigarro, entre la nebulosa blanquecina y el amorfismo de los elementos, veo desde mi ventana formas sinuosas y redondeadas, las entrañas sin pintura de las paredes ya no son una desprolijidad, ahora se asemejan a algún cuadro de, por ejemplo, Miró. Los aviones del cielo dejaron de ser máquinas para transformarse en alguna clase de pájaro de día o en una débil luciérnaga de noche.
Los patios interiores junto a su ropa colgada, me muestran un paisaje extraño, anodino, indescifrable, donde las prendas se asemejan a gente bailando por el viento.
La vida es mejor así. Sin cosas claras. Lo malo se define bien, se ve bien, en cambio puedo seguir sintiendo lo bueno, olerlo, oírlo, saborearlo, tocarlo incluso, percibirlo de una forma vaga pero segura. Nada tiene que ver la seguridad con no ver los detalles.
Con los años aprendí que los detalles no son importantes sino la esencia es lo que nos lleva a comprender las cosas, la materia primaria, el corazón.
Ya no me importa ver quién lleva la pelota durante un partido de fútbol, ya no. Me conformo con sentir el calor de los espectadores y sus emociones.
Ya no necesito ver a un amigo acercarse a cien metros, me alcanza con encontrármelo casi chocándolo, transformando una encuentro pactado en una pequeña sorpresa.
Ya no quiero ver los escaparates de las tiendas al otro lado de la calle, con las cosas que están de mi lado, ya me alcanza.
Me gusta la sensación incómoda de no saber a ciencia cierta que tengo a unos pasos de mi, prefiero imaginármelo y soñar con formas que realmente no existen.
Siento que entre toda esa bruma yo vuelo, floto, me deslizo por las calles.
En esa bruma, el único que sobresale, soy yo mismo

martes, 26 de mayo de 2009

Vuelve Cortázar

Hoy se publica en España una recopilación de material encontrado de Julio Cortázar. Mas o menos serán 500 páginas con poemas, relatos, autoentrevistas, cuentos infantiles y muchos etcéteras, ya ven seguro que vale la pena comprarlo. El gran Julio vuelve por nosotros con "Papeles inesperados".

lunes, 18 de mayo de 2009

Se fue y nos deja tristes

Gracias Mario, allá donde estés.
Acá nos quedamos nosotros en este mundo frío que se calentaba un poquito gracias tus letras exquisitas. Acá nos quedamos con la música y la voz de Serrat que hacía canciones preciosas con tus hermosos versos. Acá nos quedamos un poco huérfanos y tristes al perder a uno de los más grandes moldeadores de palabras. Acá nos quedamos con tu enseñanza del compromiso y respeto a los derechos humanos.
Tu vuelas, nosotros, solo nos quedamos.

Corazón Coraza. Inventario (1985)

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tiene frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

Mario Benedetti

martes, 12 de mayo de 2009

1. Su sufrimiento es mi gozo

Ya me estaba cansando de la musiquita machacona de las 7 y media de la mañana. A mi y varios más. Pero el dueño del móvil se empecinaba en que todos supiéramos que estilo y a que volumen le gustaba escuchar su música. Estaba claro, el volumen era demasiado alto y su estilo, simplemente, una mierda.
Un abuelete con cara de cansancio, quizá más por lo vivido que por haber tenido una mala noche, lo miraba con ojos agotados a juego y apoyado en un bastón. Cada vez que se presentía que se iba a dormir sentado, los acordes siniestros se empecinaban en no dejarlo descansar. Ni al viejito ni a todos los demás animalitos trabajadores que estábamos subidos por obligación al Metro. No podía dejar de pensar en las patadas en el culo que le daría, si conociera, a quién se le ocurrió la fantástica idea de ponerle altavoces a los teléfonos móviles.
Con parsimonia y sin querer hacer mucho daño ni ruido, el abuelo le dice al machacón:
-Puede bajar la música, por favor.
Educado y claro.
El chaval adicto a los ruidos, también llamado reggaeton, lo mira con esa impunidad de saber que en un par de estaciones puede mandar a todos al carajo y bajarse sin que nadie lo persiga y elige decir:
-I’dont speak spanish.
Un inglés más sacado de una canción “hiphopera” que aprendida en la escuela, con ese tonito tan identificatívo que siempre tendría que finalizar con un “my brother” y deja claro que su emisor habla castellano. Quizá no sea un castellano de Valladolid, pero castellano al fin.
Otro pasajero, más joven que el abuelo, de unos 50 años y aspecto fuerte, con la voz más de orden que de favor, le replica levantando el tono un: “Stop de music”, acompañado de una seña con la mano que se parecía al efecto que hace un cuchillo cortando un cuello. Una seña universalmente entendible, en el idioma que fuese.
Su inglés tampoco era nativo pero lo suficientemente claro y sucinto para dejarle claro al cabrón, que, o apagaba la música o iba a haber problemas. Tampoco su señal de degollamiento daba motivos para la confusión.
Para ser sincero el viaje se me iba haciendo cortito y deseaba ver el final del problema en un ojo destrozado del chaval o en un diente menos y hasta me conformaba con una buena patada en el estómago. Pero no.
El ruidoso, maleducado y chulo, solo se dignó a mirar al señor con tan mala hostia y maestría en el arte del idioma gestual, que el cincuentón -antes posible castigador-, giró la cabeza, se hizo más chiquito a ojos de todos y comenzó a leer con una atención exagerada, un cartel de una zapatería que se publicitaba en el andén y que estaba estratégicamente ubicado para que un cobardita pudiera verlo y así escaparse de la realidad y la humillación.
Me sentía fastidiado, agobiado y desilusionado, todavía faltaban dos estaciones para mi destino y había sido testigo de actos incívicos, salvajes, cobardes, pasotas y chulescos, pero en ellos no había un atisbo de justicia. El villano se había salido con la suya, había impuesto su ley y se iba a bajar de ese grupo de gente en movimiento con una sonrisa de “brother” moviendo su cabecita al ritmo de su tortura y arrastrando su pantalones tres números más grandes.
No era justo. Al igual que las miserias realmente serias que afectan a este mundo. No era justo. No tan grave como el hambre y la injusticia social en general, es cierto, pero no menos injusto. Solo diferente.
Decidí bajarme una parada antes y terminar mi camino al trabajo caminando. Pero con solo pensar lo mal que me había sentado la situación y su correspondiente mala uva para el resto de la jornada, algo cambió en mi forma de pensar. Realmente no en mi forma de analizar sino en mi forma de actuar en consecuencia con mis indignaciones.
Me puse al costado de él, justo enfrente de la puerta, agarrado a la barra contraria y dejando mi otra mano libre, abierta y bien cerca del chaval.
Cuando llegamos a la estación, las puertas se abrieron, salieron dos o tres personas y justo cuando suena la chicharra que avisa su cerramiento y un segundo después, o quizá menos, de que se activa el mecanismo de las puertas, le robo el móvil con la mano libre y me impulso con la otra contra la barra para salir justo a tiempo con la música aún sonando pero en dos mundos totalmente distintos, yo fuera con el motivo de la discordia y él dentro, así, solito, sin aparatito. En medio, dos puertas bien cerradas y el movimiento del tren recién arrancando pero ya imparable.
Me mira trasformando la cara de sorpresa en furia y su voz inexistente en gritos desaforados –ahora sí en español. Yo lo miraba contento y escuchando la música –que ya casi me parecía soportable- y me di cuenta que no quería que alguien del vagón –lo que creyera él no me importaba nada- pensara que yo era un ladrón simpático. No. No soy un ladrón.
Sin quitarle la mirada socarrona comencé a golpear el aparato creando una banda sonora que mezclaba sus gritos, el reggaeton y los golpes, en una vorágine de fuerza acompasada que momento a momento iba transformando lo que antes se conocía como un teléfono en pequeñas cositas minimalistas que saltaban a la vista de varias docenas de ojos, que yo creía, eran de agradecimiento.
Estos momentos sublimes de justicia no pueden durar siempre y solo el hecho frívolo y sencillo de saltar la batería hizo que lo que quedaba de móvil dejara de emitir sonidos propios. Todavía hubo un momento más de golpes, gritos y de destrozo total.
Vi como se alejaba el tren y encima de él, alguien que quizá aprendiera algo o que solo lo iba a pasar mal. Con eso me alcanzaba, su sufrimiento era mi gozo. Y ese gozo ante el justo mal ajeno que había despertado dentro de mi, no iba a morir. No doy lecciones, solo le pongo un poco de justicia al día. Y si me dejan, seguiré haciéndolo.

jueves, 30 de abril de 2009

Luego se fue corriendo...

Cuatro microrrelatos de menos de 100 palabras, comenzando con: "Luego se fue corriendo...".


Relato 1
Luego se fue corriendo sin mirar ni una vez atrás. No solía actuar de esta manera pero en toda su triste vida –así la definía él mismo- buscó alimentar su ego para tapar la poca cosa que era. Esta vez no se vanaglorió con la muerte que acababa de producir, no se enorgulleció por la limpieza del corte ni con la rapidez de su ejecución. Ni siquiera se ufanó con la elección de la víctima. Esta vez, la mujer que eligió fue su propia madre y basto solo una lágrima de ella para darse cuenta que nunca más mataría.


Relato 2
Luego se fue corriendo llevándose sin pagar ese autito de colección que le había regalado su abuelo y que su madre había decidido vender junto a tantas otras cosas, en épocas muy malas. Siguió corriendo sin mirar atrás apretando su cochecito con su mano dentro del bolsillo, reconociéndolo con sus yemas, y recordando a su abuelo. Era un acto de justicia no pagar por algo que él nunca habría vendido, pensaba mientras se enorgullecía de lo que para él era una gesta. Tanto escapó que nunca supo que en la tienda de antigüedades nadie se había dignado a darse cuenta del robo.


Relato 3
Luego se fue corriendo sin saber que más tarde, esa misma tarde, iba a morir. Nunca había dejado una discusión con María de esa forma, pero hoy le parecía una idea extraordinaria. ¿Qué iba a hacer ella? ¿Perseguirlo por las calles mientras seguía gritándole?. No podía imaginar ni a María corriendo como una posesa detrás de él ni que la calle que estaba cruzando, mientras pensaba lo ocurrente que había sido, era de doble mano.


Relato 4
Luego se fue corriendo abandonándome como a un perro, después de tanto tiempo. Pero así pasó. Nunca imaginé que el cariño que me daban de pequeño iba a transformarse paulatinamente en gritos, primero y en palizas, después. Pero nunca quise denunciarlos. Quien iba a decirme que romper esa lámpara sería lo último que iba a hacer, si lo hubiera sabido quizá ni me hubiera acercado, pero esa maldita mosca impertinente se posaba una y otra vez buscando lo que logró. Escaparse de mis garras mientras yo saltaba para su caza y quebraba la lámpara de cristalitos en miles de pedacitos.