lunes, 18 de agosto de 2008

La Tijera de los Tomates

Yo estoy aquí solo, esperando no sé qué, buscando entre mis recuerdos algo que me ayude a entender, busco respuestas y no las encuentro. Nadie sabe dármelas, todos me dicen que siga buscando, que no me dé por vencido, que me sumerja en la profundidad de mi mente, en los vericuetos de mi cerebro enfermo. ¿Enfermo?, tampoco lo sé.

Cada vez que él despierta recuerda el mismo sueño, a su mujer leyendo en el porche de la casa de la sierra, a su hija correteando entre los árboles, a él mismo, a su huerta llena de tomates rojos, duros y brillantes, a las acelgas abiertas como esperando un abrazo, a las calabazas naranjas de un color tan intenso que al atardecer se confunden con el sol, al columpio que él mismo construyó.
Él siente que hasta puede escuchar las risas, los ladridos de su perro negro, y hasta la misma canción que canta el jilguero, día tras día. Luego llega el crepúsculo que da paso a la noche y nace una luna llena, grande y hermosa en un cielo repleto de pequeñas e infinitas estrellas, la brisa nocturna y un silencio tranquilo. Se ve en la cama con su mujer, abrazado e intentando inútilmente hacer círculos con el humo del único cigarrillo que fumaba al día, cerca de ellos está su hija y su respiración pausada y despreocupada.
Soñaba tantas veces lo mismo, pero no se acordaba desde cuando, había aprendido a disfrutarlo, a recordarlo y, de alguna forma, a vivirlo. Pero eso ocurre los días buenos, los días elegidos como él los define.

Los días malos sueño en gris sucio y salpicado con tonos rojos, no existen las formas definidas y nada es tranquilo ni pausado, muy por el contrario todo tiene una velocidad endiablada, enloquecida y atemporal; es solo una seguidilla de situaciones dolorosas y gritos, muchos gritos. En los días malos nunca me veo a mi mismo, me percibo y aunque esté casi seguro de que soy yo, no me reconozco.
¡Tantas veces soñamos esto también!.

El sueño termina todo difuminado y confuso, se escucha un último suspiro de la hija y gritos desesperados de la mujer, luego el silencio, solo silencio. Ya la mujer y su hija están quietas, quietísimas, tiradas donde antes había una alfombra donde dormía el perro negro, no ríen ni gritan más, están desparramadas junto a unas tijeras teñidas de rojo que servían para cortar con tanto cuidado los tomates duros y brillantes. El sonido de fondo son ladridos y aullidos lastimosos.
Y me despierto, él nunca sabe que es lo que ha pasado, yo sí lo sé, yo sí lo recuerdo todo y quiero seguir haciéndolo, quiero sufrir, no deseo soñar con mi mujer y nuestra hijita jugando en la casa de la sierra junto a los árboles y a los frutos de la huerta, me resisto a seguir soñando con abrazos, lunas y estrellas, ahora esa no es mi realidad, antes quizá sí. Yo no quiero descansar, yo no quiero olvidar, yo no quiero tener sueños de los días elegidos gracias al efecto de estas pastillas de mierda que me dan.
Yo soy el que se despierta después del sueño horrible y agobiante, soy quien se despierta y se odia. El del sueño bonito es él, yo soy el que durante los próximos años tiene que pagar por lo que hizo, el que tiene que morir con la culpa. Al que no le alcanza estar encerrado para siempre.
Yo, el dueño de las tijeras rojas, y no el que construyó un columpio para su hijita.

martes, 29 de abril de 2008

Me llamo Xistra

- Puto pueblo, pensé. Acá no pasa nunca nada, nada de nada, maldita idea la mía de abrir una taberna frente a la iglesia de esta aldea.
Me llamo Xistra, pero todos me conocen y me dicen la colorada, obviamente porque soy pelirroja, la única en las inmediaciones del pueblo. Por lo menos en algo soy especial, bueno después de todo tampoco estoy mal, a mis casi 35 años, tengo todo en su sitio y los hombres siguen mirándome con esa cara de tontitos salvajes, mitad “soy un hombre bueno” y mitad “si te pillo, te mato”. Pobrecitos.
Antes de perderme acá, vivía en Barcelona donde compartía la vida, mejor dicho, la cama, con el último idiota que soporté. Un viajante de comercio que creía que por dos noches a la semana que venía a casa tenía derecho a ser el rey, sí, el rey de los vagos y de los acomodados. Antes dije “la casa”, demasiado sustantivo como para definir un cuarto inmundo en el casco viejo. Allá trabajaba también de camarera para un jefe muy tacaño. Un francés gordo que solo le obsesionaba el dinero y nunca tiraba nada de comida, no me refiero a que la comida del menú del día anterior sirviera para las tapas del día siguiente, sino aún era peor; Para él, por ejemplo, todos los quesos pasados y mohosos se convertían después de un tiempo en roquefort y los empleaba (muy especiado) como salsa o como relleno de otras cosas recicladas. Es más, casi toda su comida se basaba en platos con salsas extrañas que opacaban un poco el sabor de carnes algo pasadas. Con el vino era igual, no solo rellenaba todas las botellas con un vino pobre de bidón de 5 litros, sino que después, en el escondrijo de la cocina, también utilizaba los fondos de los vasos. El muy asqueroso decía que si estaba todavía en el vaso, era porque nadie lo había tocado y que le pertenecía. Menudo cerdo!.
Mi vida por esas épocas era rutinaria y cuando no estaba trabajando en el restaurante, me quedaba en mi cuartucho leyendo. No tenía ni radio ni televisión, a decir verdad solo había una bombilla y un enchufe, pero me las arreglaba bastante bien casi sola –salvo los dos días cuando venía el “rey”-, sola con la compañía fiel de mis libros. En Barcelona había una biblioteca grande donde todo lo que quería lo conseguía, pero aquí, en esta aldea, los libros que leo son los que me presta mi amigo Fermín.
Fermín es el cura de la iglesia, es muy buena persona y no me anda con sermones ni tonterías. Es una lástima que un hombre bueno sea cura. Yo noto que le gusto por su mirada algo cohibida y distraída, pero con intensión y a decir verdad, él también me gusta, o quizá solo me de morbo, realmente no estoy segura.
Nunca lo he visto como un “hombre” sino solo como amigo, alguien con quien puedo hablar de cualquier cosa, Fermín es bastante educado y culto, todo lo contrario que los paletos del pueblo. Nunca estuve con un sacerdote, todavía no está en mi lista de equivocaciones, hubo marineros, golpeadores, vividores, idiotas y otros con dos o tres características juntas. Pero Fermín es distinto al resto, es joven, podría decirse que buen mozo y es muy amable conmigo pero (siempre hay un pero en mi vida) es el cura de Los Ancares. Hoy prometió venir a verme por la tarde para traerme unos libros que le habían donado a la iglesia, y que salvo nosotros dos, nadie lee.
Esperándolo, recordé cómo se me había ocurrido llegar aquí. Ya cansada de mi vida miserable y rutinaria en la ciudad, pensé en como dejarlo todo e ir a un lugar tranquilo donde todo funcionara más despacio y que no se necesitara tanto dinero para sobrevivir, así que después de darle muchas vueltas, tomé la decisión. El viajante, con quien estuve, no confiaba en los bancos, así que llevó una gran cantidad de dinero, que había cobrado, a la casa y lo dejo escondido en el cajón de los calcetines. Pero por supuesto, como él nunca fregaba, lavaba, cocinaba ni hacía nada, tardé solo un día, durante mis quehaceres, en encontrar mi oportunidad de irme junto a los calcetines descoloridos. Nunca me había sentido tan recompensada por el trabajo de la casa, así que el idiota, no solo ya no confía en los bancos, seguramente ahora tampoco en las mujeres y menos en las coloradas.
“Ya debe estar por llegar” pensé, mientras miraba el reloj de Coca Cola.
Eran las seis de la tarde cuando la puerta se abrió. Del otro lado estaba el padre Fermín, blanco como un difunto, con una mirada distinta a otras veces. Avanzó hacia mi y saludó:
- Hola Xistra -él nunca me llama colorada-.
- Hola Fermín, estás raro, ¿te pasa algo? ¿Y los libros?
- ¿Qué libros?
- Los libros que me prometiste, le recordé
- No hay
- No hay, qué?
- No hay nada, ni libros ni hostias! Me contestó de mala manera.
- ¿Qué te pasa Fermín, por qué me tratas así? -Nunca me había hablado de esa manera-.
- Perdona Xistra, vengo de Vetusta donde enterraron a mi tío.
- Ay,!, lo siento! Lo siento mucho!
- No lo sientas, yo no lo siento, creo que por fin se ha ido siendo más humano que cuando estaba vivo.
- Bueno, ya pasará. No estés tan mal, ¿quieres un té?
- No estoy mal por lo de mi tío.
- ¿Entonces que te pasa?
- ¿Alguna vez tuviste la impresión, mejor dicho, la certeza, de que los sucesos de un día te pueden cambiar toda la vida?
Me contesté afirmativamente para mis adentros, claro que lo sabía, y mi último hombre también. Sonreí levemente imaginando su cara
- ¿Quieres contármelo de una vez?, ¿quieres el maldito té?, le pregunté sirviéndoselo.
Fermín tomo aire y mirándome fijamente –con una variación rara de su mirada- me dijo:
- Me echan del pueblo y me destinan a una pequeña capilla en la costa. ¿Quieres venirte conmigo?
- ¿Cómo?, le pregunté sorprendida pero habiendo escuchado perfectamente.
- Si quieres venirte conmigo.
- ¿Estas loco? Como me voy a ir contigo si eres cura. ¿Comenzaste a beber?, le pregunté mordazmente.
- No voy a aceptarlo.
- ¿Qué no vas a aceptar qué?. ¡Te has vuelto loco!
- No voy a aceptar el traslado, voy a renunciar como cura.
Esperaba libros y ahora tenía a un amigo ex cura frente a mí preguntándome si me quería escapar con él. Sí, los sucesos de un día nos pueden cambiar la vida, sin lugar a dudas.
- ¿Y a donde piensas ir?
- Lejos de esta mierda, me dijo y traté de recordar si alguna vez había dicho un taco. – lejos de aquí, mi padre, que en paz descanse, era pescador y tiene o tenía una casita en la costa murciana. ¿Quieres venir o no?
- ¿Por qué te han echado del pueblo?
- No me parece importante
- A mí sí, acabas de invitarme a escaparme contigo a la casa de tu padre pescador, ¿no te parece que merezco una explicación?. En realidad la necesito.
- ¿Quieres que sea sincero?
- Claro, todavía sigues siendo sacerdote…
- Bueno… después de la ceremonia de mi tío, probé la carne del pecado
- A ver Fermín… tampoco me hables como un apóstol, ¿de qué carne me hablas? ¿Estuviste con alguien? Pregunté con una curiosidad morbosa.
- ¿Conoces a Ana?
- ¿Quién?, ¿la buscona?, ¿has estado con esa?. Ya me sentía morbosa y alterada.
- Si, pero no le digas así.
- ¿Que no le diga así? ¿Y cómo quieres que le diga? Si todos saben y se dan cuenta que a ti siempre te ha mirado no solo como el cura del pueblo. ¿Cómo pudiste?. ¿Y por qué ahora me invitas a irme contigo?, de cura pasas a cabrón en un segundo, eres igual a todos, ningún hombre puede tener la picha en paz.
- No digas eso, no pude evitarlo, no sé como sucedió, como me dejé atrapar…
- Igual que todos pensando con la polla. Me avergoncé de ser tan soez, pero me sentía totalmente defraudada y algo celosa del único hombre que todavía no me había fallado. – ¿Cómo pasó?.
- Ayer por la noche, después de lo de mi tío, me invitó a merendar en la cocina del hostal donde estábamos parando.
- ¿Parando?, ¿te fuiste con ella a Vetusta?
- Sí. Pero en habitaciones separadas, me acompañó porque quería rezar conmigo por mi tío…
- Y tu te lo creíste!, esa zorra…
- No la llames así, me dijo casi sin fuerza ni convencimiento. Ella estaba allí, yo estaba algo triste y confundido y aunque sea del señor, el hombre vive reprimido dentro, y ayer no aguantó y salió a comer. Se rió un poquito de su ocurrencia, como para quitarle algo de seriedad al tema. No lo consiguió.
- ¿Estás arrepentido?
- No. Para nada. Me gustó.
- ¿Te gustó?
- Sí, me gustó el sexo-. Y al ver mi cara enseguida agregó: -perdóname, Xistra, por ser tan irrespetuoso pero quiero hablarte con franqueza.
No pude evitar sentirme incomoda y al mismo tiempo me gustaba la sensación que recorría mi cuerpo, una mezcla de sorpresa y leve excitación. Fermín ya no era Fermín. Era una sombra del cura con una fuerza de hombre que parecía haber estado luchado desde hace tiempo. Y me gustaba, aún más que antes.
- ¿Y ahora, qué?, ahora que descubriste que eres un semental ¿quieres dejarlo todo, abandonarlo todo?
- No me hables así. No es por eso, no quería dejar el pueblo, me obligan a dejarlo, Ana es la amante del patriarca de Vetusta y tú sabes el poder que tiene en la zona. Pero ya eso no me importa, pasó y listo.
- Pero bueno! ¿Y no quieres que la llame zorra?. Seguro que lo hizo a propósito, seguro que lo anduvo contando por ahí, encima de golfa, chismosa…
- No, me interrumpió, - no fue ella. Fui yo quien se lo conté al patriarca, para lavar mis culpas, pero yo no sabía que era su amante. No me importa lo que piense él y no estoy arrepentido por descubrir nuevas verdades de esta vida pero sé que no hice lo correcto ante los ojos de Dios.
Pobre Fermín, sentí un poco de lástima por él, una vez que prueba algo diferente y se equivoca. Qué mala suerte. En este momento, frente a él y a sus ojos sinceros y extraños, no pude evitar pensar que, quizá, ante mí había un hombre de verdad.
- ¿Y ahora?, ¿te parecería bien que me escapara contigo, cuando ayer te acostaste con la perra esa?. Te sientes desilusionado contigo mismo porque eres un clérigo y no por acostarte con esa. Yo no soy una mujer fácil y menos suplente de una puta. Perdona si te digo la verdad con tanta crudeza, quiero ser sincera contigo también. Tu me gustas pero así no se hacen las cosas. Me parece que solo sería una compañera de aventura para ti, y yo, después de equivocarme miles de veces, busco algo distinto, algo, no sé, diferente, algo único, alguien tranquilo, que me respete, yo no quiero ser el segundo plato de nadie. No pude evitar comenzar a llorisquear, recordando todo el daño que ya me habían hecho los hombres en el pasado. Entonces Fermín me pone una mano en el hombro y me dice:
- Xistra, ¿qué prefieres tú, un hombre que haya vivido entre el pecado de la carne durante mucho tiempo, que haya estado con muchas mujeres, que sea vicioso y egoísta o un hombre como yo, que con casi nada de experiencia, puedo aprender de ti?, y no solo en el sexo sino fundamentalmente en el amor. Esa mujer solo me inició en el sexo, solo me abrió los ojos, solo hice –que Dios me perdone- lo que siempre soñé hacer contigo. Tu siempre me atrajiste pero te veía como una grave ofensa hacia Dios. Ahora ya no.
Otra vez me sentía confundida. Otra vez tenía la impresión de que me estaban engañando. Otra vez me insulté a mi misma. Otra vez pensé que lo que viniera no podía ser peor que mi vida actual. Entonces, traté de hacer a un lado mis malos recuerdos y le dije:
- Quédate hoy conmigo y mañana vemos.
Su expresión, cambió radicalmente, se le iluminó la cara gracias a una sonrisa que nunca le había visto, me miró con unos ojitos también nuevos para mí, y me dijo:
- Vale colorada, me quedo y mañana durante el desayuno hablamos.
- Fermín…
- ¿Qué?
- Llámame Xistra.

lunes, 28 de abril de 2008

Las Judías y los Colores

Claudio se levantó por la mañana a la misma hora de siempre, desayunó un café solo con tostadas y mantequilla -como hizo ayer- y se duchó cumpliendo el horario estipulado en su rutina diaria.
Esa mañana cumplió casi todos los horarios a rajatabla, lástima que el Metro llegó tarde y por cinco miserables minutos entró agobiado al trabajo.
El trabajo de Claudio es monótono y rutinario. Las planillas, las facturas y las nóminas forman parte de su maravilloso mundo laboral y él siempre cumple con sus tareas sin quejas. Pero no solo por obligación sino porque le gusta su trabajo.
Después de desayunar por segunda vez en la máquina de café se dirigió al servicio a aliviarse, siempre se mete en el último cubículo, el más alejado y el más amplio. Pareciera que en épocas antiguas justamente en ese baño había quizá una ducha, por eso su amplitud, ya que ahora solo hay un inodoro acompañado de unos azulejos estándar de color blanco muy en boja en los hospitales y en los manicomios, justo enfrente del retrete hay una puerta blanca, hoy tiene una llave roja en la cerradura. Claudio elige este baño por estar un poco apartado de los otros y ahí se siente más cómodo y relajado.
Desde el primer día que descubrió la puerta del cubículo, le llamó la atención pero nunca se animó a abrirla, ¿para qué? Pensaba, si seguro que es un armario con los enseres comunes a casi todos los baños: papel higiénico, papel para secarse las manos, jabón y quizá también algún que otro producto de limpieza, pero eso es lo que imaginaba ya que nunca lo había comprobado.
Cuando terminó de utilizar el inodoro, levantó la vista y al ver la llave roja en la puerta pensó que de una vez por todas la abriría para corroborar que era un armario y terminar con el pequeño misterio, tiró de la cadena, se levantó los pantalones, se los abrochó con una mano y con la otra comenzó a girar la llave que tanto resaltaba en la puerta blanca, cuando ya estaba liberada la cerradura, cogió el pomo y mientras abría, iba asomando la cabeza. Bastante sorpresa le causo no descubrir un armario sino un pequeño pasillo de unos 3 metros de largo con otra puerta, esta vez roja con llave blanca. Cuando iba avanzando por el pequeño corredor, ya estaba arrepintiéndose y pensó que era mejor dar la vuelta y volver a su oficina. Pero la curiosidad se le despertó de repente, a él, tan poco amigo de las aventuras y los descubrimientos, sonrió al pensar esa tontería y abrió la segunda puerta, cuando vio lo que había ya era tarde para volver atrás, lo único que quedaba era saludar a esas personas, decir que se había perdido y volver por fin a su trabajo.
La nueva oficina tenía abundante luz y paredes de colores donde colgaban posters de grupos de música, todo parecía estar decorado como una habitación de adolescentes. Por lo demás la disposición era parecida a su oficina gris del otro lado, escritorios, papeleras, ordenadores, todo se disponía de manera similar pero flotaba en el aire una extraña sensación de felicidad, eso pensó él, pero después se rectificó mentalmente, no era felicidad era como alegría. Sí, es demasiado alegre, pensó.
Ya sin poder huir como hubiese preferido, al encontrarse con las miradas y sonrisas de la gente que allí trabajaban (contó mentalmente 15), los saludó cortésmente, se disculpó y al querer salir se dio cuenta que la puerta por donde había entrado no tenía asa, le pareció bastante coherente: no era lo mismo encontrarse con una oficina al final de un pequeño corredor que a una persona sentada en un inodoro, de frente, con los pantalones bajados.
-¿Quiere quedarse?, escuchó de repente
-¿Cómo?, preguntó
-¿Si quiere quedarse aquí?, repitió la voz femenina que parecía salir de un monitor.
-Perdón, no entiendo la pregunta, lo siento pero tengo que volver a mi oficina ¿Cuál es la puerta de salida?.
En el despacho de colores habían cuatro puertas, una era por la que había entrado (sin asa), una puerta azul en la pared perpendicular a la primera, una tercera enfrente también sin pomo y una cuarta que parecía ser un armario –pero ya nunca daré nada por seguro, pensó- que estaba detrás de la dueña de la voz que ya sí se puso de pie y Claudio la pudo apreciar. Alrededor de 40 años, ropa informal y un color de pelo más cerca del lila que del violeta
-Puede salir por ahí, por la puerta azul pero ¿no quiere trabajar con nosotros?
Ya la sorpresa se transformó en inquietud y estaba a mitad de camino entre el miedo y la incredulidad, él que odiaba las sorpresas –darlas y recibirlas-, él que se agobiaba cuando cambiaban algún producto de lugar en el supermercado, él que había conservado la soltería a sus 50 años, no porque no haya tenido ninguna relación sino mas bien el coqueteo con la responsabilidad y la familia le producían nauseas.
-Discúlpeme señora, usted es?
- La jefa, respondió la jefa.
-Ah, encantado… pero tengo la obligación de volver a mi sitio de trabajo, mis compañeros y principalmente mi jefe se estará preguntando que estoy haciendo en el baño. Aunque lo había dicho solo para librarse de la conversación, le produjo angustia reflexionar sobre lo que sus compañeros pensaran de él y su tardanza, pero se le ocurrió inventarse una descompostura producida por las judías que había comido anoche.
-Si usted quiere puede quedarse a trabajar con nosotros y yo hablo con su jefe.
-Discúlpeme señora...
-Elisa, lo interrumpió.
-Vale... Elisa, ¿quienes son ustedes?
Otra voz esta vez masculina que venía de un lateral quiso contestar, su dueño se levantó –un joven de aproximadamente 25 años con cara angulosa y ojos despiertos- le explicó: -Pertenecemos a la misma empresa que usted pero del otro lado.
– Del otro lado? Qué lado?
- El lado de los colores, el lado creativo, el lado especial, llámelo usted como quiera. Nosotros llegamos a este sitio por la misma puerta que usted, obviamente yo entré por la del baño de damas (ahí entendió Claudio a donde llevaba la puerta que tenía enfrente). Todos fuimos llegando y luego nos comunicaron que podíamos quedarnos aquí con mejor sueldo, horarios, en definitiva mejores condiciones, nadie que haya atravesado la puerta, volvió a la zona gris.
Claudio le pareció reconocer a alguno de los que estaban en la oficina recién descubierta, en su tiempo quizá había pensado que se habían ido de la empresa y ahora estaban detrás de una puerta que daba a su baño.
- Pero… no entiendo…por qué la empresa está dividida…en colores?
- Realmente nosotros trabajamos paralelamente a ustedes, cada departamento tiene su copia aquí y hacemos el mismo trabajo pero mejor.
- ¿Mejor? Preguntó algo molesto Claudio
- Sí, mejor. Realmente la zona de colores es tan rentable que podríamos prescindir del lado antiguo y no pasaría nada. Pero la empresa y sus jefes supremos –no los intermedios- los jefes jefes –remarcó la señora- quieren comprobar cual de los lados es el mejor y el más rentable, entre los jefes hay algunos grises y otros llamados de colores, cada uno defiende su zona y mientras la empresa siga dando dinero funcionamos paralelamente. Claudio ya había confirmado que la puerta que estaba detrás de la jefa no era un armario, por allí se encontrarían con los otros departamentos.
-Mire – continuó la señora - yo soy una jefa jefa, del lado de colores. Quédese a trabajar con nosotros, haga aquí lo mismo que allá pero distinto. Siempre necesitamos gente nueva, cada vez tenemos más trabajo. No pierda esta oportunidad, aquí es diferente y no se va a arrepentir.
“Diferente o distinto”, eran palabras que no le gustaba, ¿qué significaba ser diferente o trabajar diferente?, ¿distinto?, él quería seguir haciendo lo mismo de siempre, él era un hombre común y lo veía como algo bueno. Él no quería que su vida cambie, siendo así se sentía bien.
-Tendré que pensarlo, ahora tengo que regresar, dijo para librarse de su aturdimiento ¿La salida? ¿la puerta azul, no?. Preguntó retóricamente.
- Si pasa esa puerta estará automáticamente despedido –dijo con firmeza pero sin enojo la jefa suprema de los colores.
- Pues, no me gusta que me agobien y tampoco quiero cambiar de trabajo, lo siento pero me voy…
Se dirigió a la puerta pensando que quizá esa mujer mentía o que todo había sido una broma de pésimo gusto, abrió finalmente la puerta y la cruzó no sin dar una última mirada al lado de colores, todos lo miraban con algo de asombro, del otro lado se encontró con otro pequeño corredor, que terminaba en otra puerta, al atravesarla entró a una habitación cuadrada con solo un escritorio como mobiliario y un sobre encima de él. “La liquidación” pensó.
El sobre contenía una nota que decía:

Usted ha sido despedido de la última oportunidad que tuvo de cambiar de trabajo, de elegir un sitio mejor y de progresar. Lo sentimos mucho pero usted pertenecerá en el lado gris hasta que se jubile o nos abandone. La llave roja era la clave. Si comenta algo de lo ocurrido con alguien, automáticamente será despedido de forma real y acusado de traición a la empresa.

Claudio respiró aliviado y se sintió muy bien, como distinto, él no veía una pérdida de oportunidad, él había tomado una decisión, se había enfrentado a un cambio aún más abrupto que la oficina de colores, él se había enfrentado con su despido y sentía que había ganado, seguiría haciendo el trabajo de siempre, en la misma oficina, con la misma gente pero experimentaba un cambio interior.
“La empresa funciona por nuestro lado, seguro, los jefes quieren gente como yo, consecuente con su trabajo y no como los “loquitos” de al lado, esos sí que son un experimento”, pensó
Entonces Claudio, ya relajado, sonrió y caminando rápido se fue hacia su oficina de siempre pensando en el trabajo atrasado y en que las judías eran una excelente excusa de su tardanza.

Carta al Alcalde

Estimado Alcalde de Villa Carlota
Señor Juan Sánchez Ordoñez de la Red:

Ante todo tengo que pedirle perdón por no dirigirme a usted como ilustrísimo, forma de más bastante ridícula, pero que protocolariamente corresponde al cargo que ostenta según la voluntad popular de este pueblo de gilipollas. Considero que “estimado” es más que suficiente para poder escribirle sin salirme tanto de las formas.
Soy Pablo Díaz y vivo y trabajo (como usted seguro sabe) en el número 3 de la calle Jaunarena y como gilipollas confeso no voy a votarlo nunca más. Y nunca más significa nunca más. Y aunque su partido –o movimiento vecinal, para ser más exactos- sea la única propuesta para las elecciones, prefiero meter dentro del impoluto sobre blanco una gran loncha de jamón serrano, antes que poner la boleta de su agrupación.
Usted se preguntará el carácter de esta misiva y que me lleva a escribirle en estos términos. Es simplemente que mi paciencia está llegando a su límite racional.
Le cuento porque he llegado a mi límite de aguante, hoy mismo, por ejemplo, después de abrir el grifo de mi cocina, para llenar de agua mi tetera, me he encontrado con la sorpresa -la verdad que cada vez son menores- de que en vez de salir agua potable caliente como en casi todos los pueblos de este país, salió CocaCola. No soy tonto y sé que usted, con el poder que le confiere la votación popular, firmó un convenio con la citada empresa para la distribución de su refresco por toda la red de agua potable de las cocinas del pueblo, gracias por prever la separación entre cocina y lavabo, ya que sino sería realmente un desastre. No es que no me guste la Coca Cola, ni que no me guste la Fanta naranja que sale del grifo del agua fría, pero tener que recoger agua del baño por no apetecerme un té rojo con CocaCola, se está saliendo de madre. Eso sin contar al pobrecito de mi perro que tiene que meter la cabeza en el inodoro porque la Coca Cola no lo deja dormir por las noches. Aparte del acuerdo económico con esta empresa, también sé que su feliz decisión fue tomada después de un referéndum que realizó a adolescentes (futuros votantes según usted) en los dos colegios de la zona.
Le recuerdo que hace dos meses, en otra consulta, esta vez a los viejecitos de nuestra residencia, decidió prohibir el tránsito de cualquier vehículo, salvo bicicletas o patinetes, por el pueblo, la idea era evitar que cuando cruzaran la calle para participar de sus juegos de jubilados (petanca, ajedrez o darle de comer a las palomas) no sufrieran un accidente. Al principio a todos nos pareció, como decirlo suavemente, folklórico, que todo el pueblo fuese peatonal y libre de humo, pero tener que ir a la carretera de entrada a buscar la bombona de gas porque al butanero no le apetece cargarla a pie, me resulta excesivo.
Su idea de fomentar la fornicación entre los solteros y las prostitutas del único puticlub de la aldea, condimentada y adornada con descuentos, nos resultó pintoresca, ya que se trataba de darle un empuje a la profesión más vieja del mundo y que lo habían decidido las meretrices en una encuesta. Pero que sea obligatorio una vez por semana para los mayores de 16 años, hasta completar el aforo del club, ya raya lo dictatorial.
Ya ve que muchísimas cosas me molestan de su gestión, pero la peor para mí, carnívoro voraz, fue su fantástica decisión de prohibir toda la carne para consumo en el pueblo, todo por respetar las ideologías de tres o cuatro vegetarianos que se sentían ofendidos cuando pasaban frente a nuestra carnicería. No era suficiente tapar los escaparates, no, para usted el pluralismo tiene limites insospechados. Y Ni hablar de nuestro pobre carnicero que ahora corta filetes de berenjena.
Cuando decretó, perdón, cumplió con la voluntad de los vecinos más vagos, de eliminar todas las paradas de autobuses y obligar a la empresa concesionaria a pasar por todos los portales del pueblo, aunque se tardase en recorrer la villa más de una hora, lo aguanté. Pero que una vez y en sistema rotativo tengamos que prepararle la merienda al chofer de autobús, cruza el límite de lo aceptable.
Sé que no soy el único que protesta contra sus decisiones, pero no me explico como nadie en este pueblo de paletos se levanta contra sus mandamientos, sospecho que quizá sea por la banda ancha de Internet gratis que le ofrece a los pocos jóvenes que viven aquí, o por el canal satelital, también gratis, que ofrece a los amantes del fútbol y las películas, o tal vez por el aguinaldo que reparte entre todos, salido de los subsidios del gobierno central, o por repartir a fin de año una canasta navideña (sin cárnicos) a todos los vecinos. Será por estas cosas que el pueblo no se subleva contra sus referéndums, consultas, encuestas o petitorios.
Pero realmente esta carta no solo es para quejarme, sino más bien que es para reclamar su presencia en nuestra funeraria. Le recuerdo que la disposición vecinal Nº 69/07, entra en vigor mañana. Y será mañana cuando por fin comience a regir la norma que es su momento fue peticionada y aceptada por usted.
Le recuerdo que la disposición vecinal nos obliga y nos compete a nosotros, los profesionales de la muerte, el decidir por los vecinos cuando deben morir. Me encantaría que me honre con su presencia, ya que siendo usted el ilustrísimo alcalde de Villa Carlota, tiene el honor de estar primero en mi lista de muertos consensuados por nosotros, los profesionales de la muerte (nombre que usted mismo nos impuso) y sumado a ser el número uno también tengo el orgullo de hacerle saber, que por ser usted la persona más importante e influyente de esta comarca, la Casa Díaz Funeraria, le obsequiará un ataúd de madera de roble, con un interior acolchado recubierto de seda china y considerándolo el mentor de esta sociedad pequeña pero más plural, ya tenemos consignado una hermosa parcela en el lado Este del cementerio –junto a nuestro fundador- para que le dé el sol que tanto le gustaba tomar desnudo en la plaza del pueblo según el deseo y la petición de los naturistas de nuestra comarca.

Esperando verlo lo antes posible por aquí, lo saluda atentamente, Pablo Díaz.

El Canario

La puerta golpea el marco ayudada por el viento, yo puedo verla si pego mi mejilla a la única ventana que tiene mi cuarto. De la puerta cuelga un candado cerrado. Cerró el candado mal. Con mi cara pegada a la ventana veo esa puerta que me separa de la libertad, bueno, en realidad son dos las puertas, la primera es la de mi cuarto que conecta con el salón y la salida. La de mi cuarto, de madera y solo cerrada por un pasador, se puede derribar fácilmente de una patada, la otra ni siquiera necesitaba un golpe, iba y venía, y es como si me dijera ven y ábreme de una vez, ven aquí, atraviésame.
Mi condena es ser el hijo del exportador de cereales más importante del sur, y por todo su dinero yo soy uno de los secuestrados más rentables del país. Quiero dejar constancia de mi existencia hasta hoy mismo, y de mi más que posible fracaso y muerte.
Hoy por vez primera vez él se fue y me dejó solo, hace como dos semanas que estoy encerrado y creo que hace una que mi padre pagó el rescate, la única posibilidad de que salga de aquí, seguramente, sea muerto, esperaría que él me arrastre hasta un lugar con tierra blanda y que me entierre malamente y quizá hasta me cubra con hojas mustias y piedras por encima sin ni siquiera tomarse el trabajo de cavar una buena sepultura.
Podrá usted notar que ya no me importa morir, ya pasé por esa etapa y no me quedan ni lágrimas, ni fuerzas, ni siquiera esa esperanza que nunca se pierde. Hace dos semanas tenía miedo y desde hace una que espero que me mate de una vez por todas. No quiero seguir aquí encerrado y morirme de hambre. Ya no me acuerdo desde cuando no como ni bebo nada, quizá cuatro días o quizá antes. Quizá el hijo de puta no vuelva más.
Usted que quizá este cómodamente en el sofá bebiendo una cerveza fría, Dios casi puedo saborearla, se estará preguntando porqué carajo no pateo la puerta de mi habitación de una vez y salgo de la casa corriendo como loco a buscar ayuda, no puedo hacerlo, tengo agorafobia.
Seguramente nunca habrá escuchado hablar de esta enfermedad, es una fobia, que simplificando, es el miedo a los espacios abiertos, me ataca el pánico, me ahoga la ansiedad y me paralizo. Puedo controlarlo con medicación pero ya se me acabó.
Para que se haga una idea, cuando no sabía lo que tenía y mis padres pensaban que era retrasado, me llevaban a ver el parque desde el auto y por la ventanilla veía jugar y correr a los niños, veía que se divertían, reían, ¡maldito sea mi mundo!. Inclusive medicado no puedo estar totalmente tranquilo en un sitio que sea grande y abierto, no aguanto más que el ancho de una calle. Otro síntoma es el agobio que me produce las grandes aglomeraciones de personas. Recuerdo un día que estaba paseando con mi madre, caminábamos distraídos charlando, recorriendo solo calles estrechas y justo cuando pasábamos por la parte de atrás de un centro comercial, se abrió una puerta y me sorprendió una avalancha de gente que salía del cine, en ese momento sentí morir, me dio tanto miedo que solo pude tirarme al piso en cuclillas, meter mi cabeza entre mis rodillas y rogar para que se pasara todo pronto.
Tal vez el hijo de puta dejó la puerta abierta a propósito.
Sigo mirando por la ventana, veo un bosque bastante lejos, llegar a él sería como un oasis en medio del desierto, no habrán más de 200 metros desde aquí. Parece que la casa está en el medio de una gran explanada de tierra. No tengo ni puta idea donde estoy.
Que lindos son los bosques, infranqueables con su techo natural. Que cerca estoy de ellos, basta Dios! Eres un cabrón, ¿por qué me hiciste así?, ¿por qué me crucificás en vida?.
Solo se me ocurre romper el vidrio de la ventana y por lo menos respirar aire puro, pero ¿y si vuelve él?,¿ pero que digo? ¿Por qué le tengo miedo?, si antes quería que me matara, ay, ahora comprendo lo contradictorios que podemos ser, realmente no quiero morir aquí, lo que dije anteriormente lo retiro porque esas frases solo pueden pronunciarse cuando uno está vivo. Y yo todavía lo estoy.
¡A la mierda!, pateo la puerta y listo.
Le di con tanta fuerza que parecía una puerta giratoria, fue y volvió, corro hasta la salida y me quedo. Me quedo paralizado, no puedo seguir, los árboles están cada vez más lejos y ya comienzo a sentir ansiedad, ¿qué puedo hacer?, ¿me dejo caer y me arrastro con los ojos cerrados como un maldito reptil ciego?, me paralizaría antes de llegar a la mitad y allí moriría al sol.
En el salón no hay casi nada salvo una mesa, un par de sillas y una nevera. ¡La mesa, claro!, me meto debajo y voy gateando, si ya, y mientras también puedo ir cenando, ¿cómo voy a levantar la mesa con la espalda y la voy a ir llevando gateando?, seré imbécil!.
Tengo que comer algo. Abro la nevera y solo hay pan rancio y un queso duro, casi me rompo los dientes comiéndolo, pero es como una pastilla de fuerza, ¿me estás ayudando, Dios?, imposible!, si existes me creaste para el carajo. Salvo que tú seas también agorafóbico, por eso de la semejanza, ¡basta! no puedo perder más tiempo.
¿Y una silla?. Demasiado pequeña como para sentirme protegido.
¿Y si corro con todas mi fuerzas?, qué fuerzas si sigo hambriento. Y sediento, meto la cabeza debajo de la pileta de la cocina y como si el grifo fuera una pajita, bebo todo lo que sale no dejando escapar nada, después me mojo la cabeza para despabilarme.
Soy como un canario idiota en una jaula abierta que solo mira la salida y sigue picoteando el alpiste.
Nada, voy a correr, como si escapara del diablo, aunque el diablo lo llevo dentro, es esta enfermedad que nunca me dejó vivir normalmente y ahora me aprisiona y me mata de a poquito.
Tengo que correr, tengo que correr, es mi única salida, tengo que correr, tengo que... en ese momento lo veo a él, está parado bajo el umbral de la puerta, mirándome sonriendo.
Me dejo caer al suelo, cierro los ojos y me quedo esperando lo peor. O lo mejor.

El pienso de cada día

Ya bastante acostumbrado a la soledad, me preparo la comida de siempre; huevos fritos con patatas y panceta, como siempre, lo mismo.
Hace algunos años cuando tenía gato y le servía su pienso, pensaba que seguro que si pudiera elegir, mi gato cambiaría de menú. Pero comprobé que él y yo somos animales de costumbre, a él no le gustó cambiar y a mí tampoco ¿Para qué? si así estamos bien.
Desde que me quedé solo cuando mi mujer murió, ya no tengo vida y solo espero a que me llegue la muerte. Ya a mis 75 años, ¿qué más me queda?, vivo como si me hubiera quedado encerrado en un cine continuado y día tras día me despertara y viera la misma película.
Solo tengo un día especial por mes, y no digo especial como algo bueno sino como algo extraordinario, y digo extraordinario en el sentido contrario a cotidiano y ordinario. Ese día especial es cuando voy al banco a cobrar mi pensión y a gastarme algunas pesetas en patatas, huevos, panceta y vino, también quizá compre algunas cosas de aseo. Y hoy es ese día. Ya ven que mas que especial es solo distinto.
Me va a tocar caminar bajo la lluvia, hoy hace un día horrible, gris y húmedo, ya es mala suerte que el único día al mes que salgo a la calle, llueva.
Termino la comida, dejo los platos para después, cojo el paraguas, me pongo el pañuelo de viejo y la chaqueta verde oliva. Vivo en la cuarta y última planta.
Salgo de mi casa sin hacer casi ruido –no quiero que mi vecina del tercero me escuche- no es que me caiga muy mal sino simplemente que ya no soporto a nadie, creo que ella trata de ser amable conmigo y me regala, cuando me ve, los sobrantes de su comida, quizá sea con buena intención o quizá piense que soy medio inválido y que no puedo ni cocinarme unos malditos huevos.
Cierro la puerta tan suavemente que suena casi como un suspiro, voy bajando despacito por la escalera –más por mis años que por el tema de los ruidos- y cuando paso por la puerta de mi vecina –estoy seguro que está mirando por la mirilla- escucho que esta se abre. A parte de un aroma a colonia de flores asoma su cabeza ocultando la parte izquierda de su cuerpo –puedo darme cuanta que lleva el mismo pijama de patitos de siempre-.
- Hola Jaime –me saluda- ¿Qué tal lleva esos años?- ¿Qué pregunta es esa? De ella no se puede decir que es joven y guapa, claro que al lado mío sí, por lo menos lo de más joven, pero es bastante gorda.
- Hola Señora, ¿qué tal están sus várices?. Esto le hubiera querido decir si mi pensamiento no fuera tan cobarde e hipócrita. Solo me limité a saludarla y realizar una mueca más parecido a un rictus que a una sonrisa.
- Se lo ve mejor, más fuerte - me dice.
Ya no sé que decirle, hoy está hablando medio raro, diferente, solo espero que me deje de una vez marchar y que no me dé nada de comida.
- ¿Quiere un poco de tortilla?- me pregunta quizá leyendo mi mente.
- No gracias, ya he comido.
- Venga hombre -me insiste- verá que está riquísima.
Antes de terminar su última palabra, mis pensamientos mezclados con su perfume, analizaban si ya no era mejor ir al banco otro día, ya menos apurado. Me doy cuenta que es peor, que si voy mañana seguro que tengo que aguantarla de nuevo.
- Bueno Marisa, gracias, solo déme un poquito que tengo que irme rápido al banco que me van a cerrar.
- Ahora se la envuelvo, pero quería preguntarle algo…
- Bueno ya que estamos, pregunte. Le digo ya un poco fastidiado.
- Estaba pensando, no se como decírselo, si usted, a ver, ¿tendría ganas, alguna vez de ir a ver una película al cine?.
Su perfume entra por mi boca hasta mi garganta, puedo casi saborearlo, mis manos comienzan a sudar y trato de secármelas disimuladamente en el pantalón. ¿Habré entendido bien?. Hace ya 10 años que estoy solo y nunca desde la muerte de mi esposa, me había propuesto salir con una mujer y menos que la que me invitara fuese ella. Cincuenta años de casados es mucho y uno va perdiendo su propio ser y lo poco que le queda se va mezclando con el de su pareja.
- No sé si le gusta el cine, pero como tiene tanto tiempo libre.
No sé porqué, pero volvían a mí mis recuerdos de adolescencia y lo primero que se me cruza por la cabeza –¿tendré ya la cabeza mal?- es qué ropa interior llevo puesta en este momento, si es de la nueva o de la de siempre. Mi mente pasa –de una forma increíblemente lúcida- por el recuerdo antiquísimo del primer e indeciso beso que le di a la que era mi novia y después mi mujer, pasa por la imagen de la primera caricia exploratoria que le hice por debajo de la blusa; mi mente saltaba –o corría- hasta un posible encuentro íntimo con la gordita del tercero, un fin que no me imaginaba desde hace mucho, un fin deseado que se acompañaba solo con pantallazos de los medios que podía emplear para lograr el objetivo: la primera salida, la cena de después del cine, el café y la copa para ponernos tontorrones, y vuelta al pensamiento sucio, húmedo y casi olvidado del sexo.
Joder, esta es mi oportunidad, me lo está poniendo en bandeja (no está tan mal la gordita), ya estoy muy viejo pero todavía creo que puedo hacer un buen papel, experiencia no me falta. Si hasta ni siquiera tenemos que preocuparnos en donde nos vamos a acostar, ¿en su casa o en la mía? o mejor; ¿en el tercero o en el cuarto?. Es increíble lo rápido que va mi mente ahora. No pude evitar sonreír con orgulloso de mí y de mi virilidad nuevamente encontrada.
- ¿Me está escuchando, Jaime? – me pregunta interrumpiendo mis pensamientos y mi mirada hacia sus pechos.
- ¿Cómo?, me sobresalté algo avergonzado, - Sí, sí, la escuché Marisa, ¿usted quiere que la lleve al cine?. Le digo ya más seguro de mi mismo, sintiéndome otra vez hombre, o mejor dicho, macho, ya no pienso como un viejo decrépito - ¿Cuándo quiere ir?. La apuro.
Se le abrieron los ojos de una forma imposible y agarrándose la solapa del pijama con decoro, me dice:
-No hombre, yo no –y la veo que no puede evitar una sonrisita socarrona- estaba pensando en mi madre, que está muy sola y se me había ocurrido que quizá con usted, que también está solo…

Ni siquiera espero la tortilla, dejo de oler su ridículo perfume y sin nada más que decir, me voy al banco que seguro que ya me cerró.

Nuestra soledad egoísta

Siempre se miraban al entrar, el viejo y el joven, solo se sentaban en la barra del bar esperando que pasara el tiempo. Todas las tardes se encontraban, desconocidos uno del otro, para terminar el día entre alcohol y humo, entre croquetas grasientas y tortilla, entre la soledad de uno y la del otro.
No se conocían salvo por verse siempre en el mismo sitio, ninguno de los dos quería conocer al otro, ni al otro ni a nadie. Ya la vida los había hecho desistir, quizá al joven temporalmente y al viejo quizá para siempre. Aunque por causas distintas, los dos hombres acababan borrachos todas las noches. Solo había una mueca cuando se veían, como reconociendo al otro, pero solo eso.
Se había formado un compañerismo falso, silencioso y vacío, solo un vínculo circunstancial sin diálogo, la soledad acompañada tiene esas cosas, una ligazón sin sustento, sin materia, solo testimonial.
Pasó un día y después otro, pasaron varios y el viejo ya no fue al bar. El joven casi sin darse cuenta comenzó a echarlo de menos, en realidad quizá esto no sea tan exacto, digamos que solo se extrañaba de la desaparición de su compañero desconocido. Se animó curioso a preguntarle al camarero, con algo de vergüenza, si sabía algo del viejo, y este le respondió que quizá había muerto.
El joven se quedo estupefacto, por la frialdad de la respuesta y por una especie de sensación de desamparo que le invadió. Se dio cuenta que el viejo era una de las pocas personas con quien compartía algo, aunque mínimo, desde hace bastante tiempo, antes cuando se sentaban juntos no parecía significar nada pero su ausencia le demostró que sí.
Le insistió al camarero si sabía si vivía cerca.
El dueño del bar solo lo miró un instante sin ganas y levantó los hombros, contestándole gestual y maleducadamente. Estaba claro que le importaba un carajo el viejo. Solo le dijo escuetamente que el anciano venía desde siempre pero nunca había hablado con él, salvo por algunas palabras obligadas, un buen día, un vino, un gracias y algunas veces un coñac.
Al camarero parecía que no le importaba un carajo nadie, mientras le contaba esto, casi sin ganas al joven, miraba la televisión sin la más mínima atención como si el programa fuese repetido o directamente como si la pantalla estuviera apagada.
El joven se sintió mal y se odió al verse reflejado en la desidia que el camarero tenía ante todo y particularmente por su desinterés hacia las personas. Antes él no era así.
- Pero por ahí sabe por dónde vive o por dónde va- le interrogó suavemente el joven
El camarero dejó de mirar la televisión y le dijo:
- No tengo ni quiero ni me interesa saberlo, creo que ya te lo dejé bien claro, ¿no?
- Vale, vale, hombre, no se enoje es solo por curiosidad.
El camarero le dirigió una mirada vacía y soltando un suspiro cansado comenzó a limpiar la cafetera dándole la espalda.
- Tome, cóbrese- le dijo el joven dándole el dinero y sin siquiera esperar el vuelto ni las buenas noches –que más que seguro no las hubiera habido- y dejó el bar.
Salió a la calle enojado, jodido por como lo habían tratado pero más dolido por darse cuenta lo insensible que era, lo dejado y abandonado y pensando que el viejo se había muerto y él ni siquiera le había dirigido ni una sola palabra, aunque hubiese sido por educación o por solo ser correcto. Nada, nunca le había interesado ni hablar ni escuchar al viejo. ¿Tanto le hubiera costado hacerlo? Él, que estaba solo y se sentía tan solo, y que seguro terminaría igual que él, ignorado por todos sin que nadie tuviera la delicadeza de responderle, quizá esperando que en sus últimos días alguien le escuchara, alguien que no fuese su médico, alguien que aunque fuese un poquito le interesara sus cosas de viejo.
Entendió porque el anciano no hablaba ni con el camarero, seguro que ya lo había intentado. Se imaginaba un intento de conversación con el de la barra, algo como: ¿qué tal va el negocio?- Bien. Poca gente hoy, ¿no?. Si. Que tiempo loco, ¿no?. Si. Y así hasta darse cuenta que era mejor dejarlo, quedarse calladito mirando su vaso de vino y esperar. Seguramente esperar a que pase el tiempo hasta llegar al final. Y lo había logrado, pensó el joven con pesar.
El cielo ya bastante oscuro se volvió negro por culpa de una nube llena de lluvia que tapó la luna, el joven caminó como un autómata sin siquiera ver por donde pisaba ni adonde iba, de repente se encontró de frente con una placita y un banco, se sentó a fumar y amplió su angustia transformándola en congoja pensando en la familia que había abandonado, en su mujer y su hijita, en que ya no las tenía y nunca las iba a volver a tener, en la vergüenza que sentía, en que fue una decisión cobarde y asquerosa escaparse a este país con falsas promesas de futuras venidas solo por escapar de las responsabilidades. Estaba sumergido en un dolor y en una tristeza que hacía mucho tiempo que no lo visitaba, perdido como estaba él, en una burbuja de desgano y abulia, cuando sin siquiera darse cuenta, cayó la primera lágrima y luego otra, y otra, y otra y así hasta convertirse en un lloro intenso, reprimido y sincero, y entonces, escuchó:
- Que tiempo loco, ¿no?
Miró a quien se había sentado al lado, y secándose torpemente las lágrimas con la manga de la camisa, lo reconoció, ¿cómo no iba a hacerlo? Si desde siempre bebían juntos en el mismo bar, le sonrió como un niño, con una alegría pura que tenía dentro y que había olvidado que la poseía, sintiendo como si un bálsamo lo hubiese invadido, le contestó:
- Si abuelo, y ojalá que hoy, por lo menos hoy, no llueva.

El patio de mi abuelo

En esos tiempos no encontraba un placer más grande que ir al patio de la casa de mi abuelo. Yo siempre de niño viví en la ciudad y tuve pocos amigos, pocos chicos con quien jugar en la calle; calles llenas de coches y peligros, peligros que nunca llegué a descubrir de chico pero que mi mamá me recordaba aunque solo saliera a comprar pan. No existían (aún tampoco) parques o plazas para ir a jugar. El quinto piso donde vivía tenía un balcón pequeñito lleno de plantas comunes y ordinarias, ese era el único lugar, digamos, algo verde de mi vida; salvo cuando íbamos a ver a mi abuelo, a él en su patio. Cada vez que ocurría, 2 o 3 fines de semanas al mes, cuando mi mamá me mandaba a prepararme y a arreglarme, sentía una felicidad tal que nunca más volví a sentir en mi vida, esa sensación nunca la voy a olvidar, duraba poquito, quizá dos segundos, era como una pulsión, una fuerza que me invadía, que iba subiendo rápidamente por el pecho y descargaba su energía en mi mente dando su último coletazo en forma de sonrisa grande y abierta. Por dos segundos yo me sentía el chico más feliz del mundo. Cuando llegaba a la casa de mi abuelo -después de darme mi caramelo de dulce de leche- salía al fondo a investigar, el patio tenía plantas de todas clases y colores, no estaba cuidado y tenía un aspecto único de selva doméstica, fileteada por un camino de baldosas que iba recorriendo toda su extensión entrando y saliendo de entre las malezas que iban creciendo amigablemente a su alrededor, para mi todo aquello representaba una oportunidad de aventura. Ahí podía correr, saltar, mojarme, subir a los árboles, coleccionar bichos, jugar con mis juguetes; el patio de mi abuelo era mío. El ni siquiera regaba las plantas, para mi abuelo ese era el trabajo de la lluvia y mío cuando iba a visitarlo. Mi mamá y yo éramos su única familia desde que mi abuela lo abandonó, no se realmente cuándo, cómo ni por qué, ya que es algo de lo que nunca se habló. Y yo nunca quise preguntar. Mi abuelo me daba todo lo que yo necesitaba, libertad. Después de recorrerme el patio miles de veces y cuando ya era hora del Nesquik con vainillas, mi abuelo me contaba historias durante horas, los dos sentados en esas sillas pequeñitas de madera que utilizan los niños en el jardín de infancia, mi abuelo se acordaba de todo con lujo de detalles y compartía conmigo todas sus anécdotas. A mi, en esa época, me hubiera gustado poder vivir con él en su casa, correr por los fondos, escuchar sus historias todo el día y comer caramelos de dulce de leche. Pero no se cómo ocurrió, que casi sin darme cuenta fui dejando de ir a su casa, quizá sea porque fui creciendo y ya no era tan divertido, quizá mi madre ya no me llevaba y comencé a ir solo por obligación. No recuerdo cuando el patio dejo de ser mi selva y cuando se transformó en un solar abandonado, no recuerdo cuando mi abuelo dejó de esperarme con el caramelo de dulce de leche ni cuando sus historias comenzaron a ser repetitivas. Hoy, ni mi abuelo ni su patio están, ni siquiera se fabrican ya los caramelos de dulce de leche. Yo ahora vivo en un chalet a las afueras de la ciudad con un hermoso y amplio parque, lo riego, lo cuido y lo disfruto y hasta alguna vez, me subo al árbol para limpiar la casita del pájaro. Pero, aunque seguí buscándolo toda mi vida, nunca más volví a sentir esa pulsión, esa felicidad de dos segundos que me subía por el cuerpo y me hacía sentir la persona más feliz del mundo.

Ariel, el superheroe

Timbre. Timbre?. Abro un ojo. Timbre. Abro los dos. Timbre, timbre y timbre. ¿Quien será?. Seguro que es un cartero comercial – pienso - . Timbreeee. – Ya voy – grito (como si me escucharan cuatro pisos mas abajo). Me levanto. Timbre. – ¿Quien es? – grito.
- Yo - , me dice unos que cree que me conozco todas las voces distorsionadas por el portero eléctrico.
- Yo, quien?
- Yo, boludo, Ariel.
Ariel es mi amigo del barrio, un buen amigo pero últimamente descubrió el mundo de las drogas pesadas y está un poco tarado. Pensaba despacharlo rapidito.
- Qué querés?, estaba durmiendo. Son las 6 de la mañana y por si no te diste cuenta es martes.
- Ya sé, pablo, pero necesito hablar con vos ya mismo
- Subí. Le digo con la voz entre queja y bufido.
Definitivamente, está zumbado. Me pongo el pantalón corto de fútbol que nunca usé para jugar fútbol y lo espero en la puerta de mi casa con ganas de darle una buena ostia correctiva.
- Qué tal, Pablín (diminutivo que utiliza para que no le parta la cara), tengo que contarte algo muy importante y solo puedo confiar en vos. Si se lo cuento a otra persona van a creer que estoy loco.
- Yo no creo que estás loco sino hasta las trancas de coca.
- No, no tomé nada.
- Si no estás durmiendo un martes a las 6 de la mañana, es porque ayer fuiste al bareto y te pusiste.
- Que no, chabón!. No tomé nada más que un par de copas. No puedo dormir desde hace un par de días.
- Bueno que querés?, apuré un poco.
- Tengo poderes, me dice. Mi cara ya se transformó en una mueca mitad lástima mitad sonrisa y pensé que ya tenía que estar muy mal como para no acordarse siquiera que se había drogado. Le sigo la corriente.
- Qué poderes tenés, notariales?. Qué querés, boludo? Tengo sueño!
- Que tengo poderes, que puedo escuchar a la gente hablar a una distancia alucinante.
- Me venís a tocar los huevos a estas horas para decirme que tenés buen oído. Vos sos tarado.
- Que no!, no se trata de eso!. Me grita y baja la voz enseguida cuando sospecha que algún vecino puede estar escuchando – me dejás pasar y te cuento.
- Pasá de una vez.
Ariel, para decir la verdad, no parecía drogado pero si muy excitado con el hecho que había descubierto. Lo escuché sin interrumpirlo por mas de media hora, pensando antes que terminara en como refutarle su lunática historia.
Ariel me contó que hace unos días estaba por la calle y comenzó a escuchar voces, y que recordó una escena de la película “en que piensan las mujeres”, esa de Mel Gibson, donde escuchaba los pensamientos de las mujeres. Lo paro con una señal de mano y me voy a la cocina a servirme un café recalentado porque parece que iba para largo.
Continúa contándome que durante un rato pensó que estaba volviéndose loco y que corrió por la calle porque no podía soportarlo. Hasta que llegó al ascensor de su empresa y ya no escuchó nada. Siguió contando que pensó que había sido una alucinación sonora (si es que existe). Y que se había terminado. Continúa:
- Entonces llego a mi piso y ya en mi oficina comencé a escuchar muchas voces, después de tratar de tranquilizarme, reconocí la voz de mi jefe. Vuelvo la cabeza para su box y lo veo regañando a Mari, su secretaria, entonces…
- Entonces qué?, estabas escuchando sus gritos.
- No, no. Ellos estaban con la puerta cerrada y parecía que nadie los escuchaba, solo yo
- A ella también?
- Si, a ella también. Pero me dí cuenta que no estaba leyendo o escuchando sus pensamientos sino que directamente estaba escuchando su conversación.
- A ver, Arielito (condescendencia pura) estabas escuchando a tu jefe recriminándole algo a su secretaria o no?
- Que sí, chabón, pero los escuchaba a más de 25 metros y con la puerta cerrada.
- Mirá, Ariel, lo que me estás contando me parece una chorrada, cómo vas a poder escuchar a tanta distancia?, me imagino que si pudieras, tendrías cientos de voces al mismo tiempo machacándote el cerebro y sin lugar a dudas te volverías loco. Y porque puedes escuchar lejos?
- Y yo qué sé?, recién ayer me di cuenta y todavía lo estoy asumiendo. Lo único que hice fue ponerme dos cachos de algodón en los oídos. Si hay gritos cerca, me aturdo pero trato de concentrarme así (cierra los ojos haciendo fuerza como si estuviera en el baño). Yo estaba seguro que se había vuelto loco, pero me estaba divirtiendo, así que le pedí que me lo demostrara, cuando el me lo propuso.
- Qué, me vas a decir que dice tu jefe desde su casa?
- No, te voy a decir que están diciendo tus vecinos del bloque.
- Y que prueba es esa?, cómo voy a saber yo que es cierto?
- Hagamos una cosa: Yo me bajo a la calle y vos te lees una noticia del diario en voz alta y yo cuando suba te la cuento, ok?
- Ok
Ariel salió de casa, se montó al ascensor y bajó. Yo tomé un diario que estaba cerca de la tele y comencé a leer una noticia que hablaba sobre el cambio climático. Leí un rato, me tomé el último sorbo de café y esperé al loco de mi amigo que subiera.
Subió a los 5 minutos y al abrirle la puerta me dice: - estabas leyendo algo sobre la contaminación, algo sobre el cambio climático.
No puede ser. No puede ser y no puede ser. Es casualidad.
- Bajáte otra vez y probamos de nuevo
- No te alcanza para creerme?
- No es que no me alcanza, quiero comprobarlo de verdad.
Mi amigo, a regañadientes, baja nuevamente y a los 5 minutos sube. Lo espero con la puerta abierta y le pregunto:
- A ver, qué leí?
- El chiste de Forges, me dice. Y yo que todavía me estaba riendo de la viñeta…
- Vale, te creo. Tengo una idea. Me visto y salimos.
La situación era curiosa, la verdad es que yo quería creerle y la idea de tener un amigo con un don me gustaba, por unos segundos me planteé ver el tema como si fuera cien por ciento cierto.
Nos fuimos de mi casa a un parque cercano para plantear y ver la situación mas tranquilos, yo pensaba que si realmente tenía el don, poder o como se llame, tendríamos que sacarle algún partido, pensaba que podíamos aprovecharnos y ganar dinero fácil. Recordaba haber leído comics donde el protagonista era casi siempre un superhéroe que ayudaba a los necesitados. Ni me planteé esa posibilidad. Yo quería ganar dinero. Pero no sabía como podía servir escuchar lejos para ganar a la lotería o ruleta. O un negocio. Estuvimos durante mas de dos horas para darnos cuenta que no iba a ser tan fácil, se nos ocurrió poner una agencia de detectives, ser espías, escuchar conversaciones ajenas para poder chantajear, pero nada parecía ser lo realmente ventajoso. Le pedí a Ariel, que escuchara conversaciones de la gente que paseaba por el parque, Ariel me habló del idioma indescifrable de una madre a su bebé, de las propuestas sexuales de una pareja (que justo ahora se van), de un hombre que se hablaba a él mismo. Nada, no había nada interesante ni de provecho, como curiosidad estaba bien pero de práctico nada. Quizá Ariel, podría utilizarlo para saber que dicen de él cuando se alejara o la conversación de dos amigas, pero para mi, nada.
Le digo a Ariel, que voy a pensar sobre el asunto y que él también lo haga, que medite sobre cómo poder beneficiarse de su súper oído (se me cruzó por la mente un traje de superhéroe con una oreja gigante dibujada en la pechera y no pude evitar sonreír). Joder que poder de mierda – pensé volviendo a la realidad pragmática – si pudiera ver a través de las paredes o tener una fuerza sobrehumana, pero parecerse a un teléfono casi no tiene gracia. Nos despedimos y quedamos en juntarnos por la tarde y planear algo bueno.
Nunca llegó. A la noche me llamó y me dijo que no quería saber nada con su supuesto poder (así lo dijo) y que no quería hablar más del tema. Asombrado le pregunto por qué y qué había pasado y me contó que desde que había llegado a su casa después de estar juntos, había escuchado a su madre contándole a una amiga como había engañado a su padre; había escuchado a su hermana hablando por teléfono en su habitación con el novio (acá me miró, puso cara extraña y me dijo: “estaban queriéndose por teléfono”) y por último había escuchado a su vecino pegarle a su mujer. Todo eso en un par de horas, a Ariel ya no le gustaba su don, no quería enterarse mas de lo necesario como cualquier mortal y me aseguró que no lo utilizaría más o por lo menos pretendía eso.
– Ya aprenderé como hacerlo sin tener que arrancarme los tímpanos.
Pasó tiempo hasta que nos volvimos a ver y en esa oportunidad no hablamos del tema, y nunca más se tocó de nuevo. Eso sí, cada vez que me voy a encontrar con él, cuando estoy cerquita, le voy diciendo:
- Arielito, esperáme que estoy llegando en un ratito.
Cuando me ve llegar, solo me sonríe cómplice.

El corrupto bueno

Hoy cumplo un año viviendo en la India y no pienso irme, estoy por el norte, lejos del bullicio en el estado de Uttaranchal, en mi pueblo hay una mayoría de hindúes y yo soy de los pocos que no cree en nada. Hasta hace poco nadie me molestaba ni por mi fe religiosa, o mejor dicho, mi inexistente fe religiosa, ni por mi condición de extranjero, pero desde hace poco todo cambió. Comencemos por el principio, cuando llegué de mi país a la India, no tenía una profesión definida aunque si tenía varias ideas, más ideas que rupias, así que compré una pequeña granja y me convertí en una especie de granjero, tenía mis gallinas, mis cerdos, mi pequeño rosal y una vaca autorizada (en este estado Indio hay que registrar a las vacas por ser sagradas y son inspeccionadas mensualmente). Vendía una vez a la semana mis productos (huevos, leche, rosas y de ves en cuando, un lechón). Pero el mes pasado, todo cambió. Cuando iba con mi carro cargado de productos rumbo a un mercado en un pueblo cercano, en un control de carretera, me para un grupo de personas que parecían soldados, inmediatamente me obligan a bajar y sin mediar palabra me registraron y ya que estaban revolviéndolo todo, me robaron todos mis productos. No conformes con lo poco que tenía, me pidieron más. Ya no me quedaba nada y menos dinero, comencé a ponerme nervioso y a hablarles en español, y al verificar mi extranjería, se les ocurrió la idea de visitar mi granja, la granja del extranjero, para ver si podían rascar algo más. Yo estaba muy nervioso y me había dado cuenta que a los que a mi me parecían soldados, eran de una milicia contraria al gobierno, aunque conocía que había grupos de estos, en la zona nunca me había cruzado con ellos. Yo tenía claro que era un grupo de mercenarios y ladrones, vacíos totalmente de cualquier ideología. ¡Como hubiera preferido que hubieran sido soldados corruptos del gobierno que con 200 rupias te dejaban tranquilo!. No podía hacer nada y decidí llevarlos a la granja, darles los poco que tenía y que me dejaran tranquilo. Y así pasó. Llegaron, robaron, mataron a las gallinas, a mis tres cerdos y a la vaca; subieron todo a mi carro y se lo llevaron todo junto a mi viejo buey. Y eso es todo, no puedo irme de la India, y no solo porque me siga pareciendo maravillosa, en realidad no puedo porque escribo desde la cárcel, no puedo irme. Mi crimen?, matar una vaca. Mi sentencia?, 5 años de prisión.
- Pero si vos no la mataste -, me dijo mi viejo desesperado desde Argentina, en la única llamada que pude hacer en un mes.
- Ya lo se papi – le contesté sollozando – pero es que cuando vinieron a hacerme una inspección a la granja, no encontraron a la vaca, no me creyeron la historia y no tuve ni 200 rupias para sobornarlos.