lunes, 28 de abril de 2008

Carta al Alcalde

Estimado Alcalde de Villa Carlota
Señor Juan Sánchez Ordoñez de la Red:

Ante todo tengo que pedirle perdón por no dirigirme a usted como ilustrísimo, forma de más bastante ridícula, pero que protocolariamente corresponde al cargo que ostenta según la voluntad popular de este pueblo de gilipollas. Considero que “estimado” es más que suficiente para poder escribirle sin salirme tanto de las formas.
Soy Pablo Díaz y vivo y trabajo (como usted seguro sabe) en el número 3 de la calle Jaunarena y como gilipollas confeso no voy a votarlo nunca más. Y nunca más significa nunca más. Y aunque su partido –o movimiento vecinal, para ser más exactos- sea la única propuesta para las elecciones, prefiero meter dentro del impoluto sobre blanco una gran loncha de jamón serrano, antes que poner la boleta de su agrupación.
Usted se preguntará el carácter de esta misiva y que me lleva a escribirle en estos términos. Es simplemente que mi paciencia está llegando a su límite racional.
Le cuento porque he llegado a mi límite de aguante, hoy mismo, por ejemplo, después de abrir el grifo de mi cocina, para llenar de agua mi tetera, me he encontrado con la sorpresa -la verdad que cada vez son menores- de que en vez de salir agua potable caliente como en casi todos los pueblos de este país, salió CocaCola. No soy tonto y sé que usted, con el poder que le confiere la votación popular, firmó un convenio con la citada empresa para la distribución de su refresco por toda la red de agua potable de las cocinas del pueblo, gracias por prever la separación entre cocina y lavabo, ya que sino sería realmente un desastre. No es que no me guste la Coca Cola, ni que no me guste la Fanta naranja que sale del grifo del agua fría, pero tener que recoger agua del baño por no apetecerme un té rojo con CocaCola, se está saliendo de madre. Eso sin contar al pobrecito de mi perro que tiene que meter la cabeza en el inodoro porque la Coca Cola no lo deja dormir por las noches. Aparte del acuerdo económico con esta empresa, también sé que su feliz decisión fue tomada después de un referéndum que realizó a adolescentes (futuros votantes según usted) en los dos colegios de la zona.
Le recuerdo que hace dos meses, en otra consulta, esta vez a los viejecitos de nuestra residencia, decidió prohibir el tránsito de cualquier vehículo, salvo bicicletas o patinetes, por el pueblo, la idea era evitar que cuando cruzaran la calle para participar de sus juegos de jubilados (petanca, ajedrez o darle de comer a las palomas) no sufrieran un accidente. Al principio a todos nos pareció, como decirlo suavemente, folklórico, que todo el pueblo fuese peatonal y libre de humo, pero tener que ir a la carretera de entrada a buscar la bombona de gas porque al butanero no le apetece cargarla a pie, me resulta excesivo.
Su idea de fomentar la fornicación entre los solteros y las prostitutas del único puticlub de la aldea, condimentada y adornada con descuentos, nos resultó pintoresca, ya que se trataba de darle un empuje a la profesión más vieja del mundo y que lo habían decidido las meretrices en una encuesta. Pero que sea obligatorio una vez por semana para los mayores de 16 años, hasta completar el aforo del club, ya raya lo dictatorial.
Ya ve que muchísimas cosas me molestan de su gestión, pero la peor para mí, carnívoro voraz, fue su fantástica decisión de prohibir toda la carne para consumo en el pueblo, todo por respetar las ideologías de tres o cuatro vegetarianos que se sentían ofendidos cuando pasaban frente a nuestra carnicería. No era suficiente tapar los escaparates, no, para usted el pluralismo tiene limites insospechados. Y Ni hablar de nuestro pobre carnicero que ahora corta filetes de berenjena.
Cuando decretó, perdón, cumplió con la voluntad de los vecinos más vagos, de eliminar todas las paradas de autobuses y obligar a la empresa concesionaria a pasar por todos los portales del pueblo, aunque se tardase en recorrer la villa más de una hora, lo aguanté. Pero que una vez y en sistema rotativo tengamos que prepararle la merienda al chofer de autobús, cruza el límite de lo aceptable.
Sé que no soy el único que protesta contra sus decisiones, pero no me explico como nadie en este pueblo de paletos se levanta contra sus mandamientos, sospecho que quizá sea por la banda ancha de Internet gratis que le ofrece a los pocos jóvenes que viven aquí, o por el canal satelital, también gratis, que ofrece a los amantes del fútbol y las películas, o tal vez por el aguinaldo que reparte entre todos, salido de los subsidios del gobierno central, o por repartir a fin de año una canasta navideña (sin cárnicos) a todos los vecinos. Será por estas cosas que el pueblo no se subleva contra sus referéndums, consultas, encuestas o petitorios.
Pero realmente esta carta no solo es para quejarme, sino más bien que es para reclamar su presencia en nuestra funeraria. Le recuerdo que la disposición vecinal Nº 69/07, entra en vigor mañana. Y será mañana cuando por fin comience a regir la norma que es su momento fue peticionada y aceptada por usted.
Le recuerdo que la disposición vecinal nos obliga y nos compete a nosotros, los profesionales de la muerte, el decidir por los vecinos cuando deben morir. Me encantaría que me honre con su presencia, ya que siendo usted el ilustrísimo alcalde de Villa Carlota, tiene el honor de estar primero en mi lista de muertos consensuados por nosotros, los profesionales de la muerte (nombre que usted mismo nos impuso) y sumado a ser el número uno también tengo el orgullo de hacerle saber, que por ser usted la persona más importante e influyente de esta comarca, la Casa Díaz Funeraria, le obsequiará un ataúd de madera de roble, con un interior acolchado recubierto de seda china y considerándolo el mentor de esta sociedad pequeña pero más plural, ya tenemos consignado una hermosa parcela en el lado Este del cementerio –junto a nuestro fundador- para que le dé el sol que tanto le gustaba tomar desnudo en la plaza del pueblo según el deseo y la petición de los naturistas de nuestra comarca.

Esperando verlo lo antes posible por aquí, lo saluda atentamente, Pablo Díaz.

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