lunes, 28 de abril de 2008

Nuestra soledad egoísta

Siempre se miraban al entrar, el viejo y el joven, solo se sentaban en la barra del bar esperando que pasara el tiempo. Todas las tardes se encontraban, desconocidos uno del otro, para terminar el día entre alcohol y humo, entre croquetas grasientas y tortilla, entre la soledad de uno y la del otro.
No se conocían salvo por verse siempre en el mismo sitio, ninguno de los dos quería conocer al otro, ni al otro ni a nadie. Ya la vida los había hecho desistir, quizá al joven temporalmente y al viejo quizá para siempre. Aunque por causas distintas, los dos hombres acababan borrachos todas las noches. Solo había una mueca cuando se veían, como reconociendo al otro, pero solo eso.
Se había formado un compañerismo falso, silencioso y vacío, solo un vínculo circunstancial sin diálogo, la soledad acompañada tiene esas cosas, una ligazón sin sustento, sin materia, solo testimonial.
Pasó un día y después otro, pasaron varios y el viejo ya no fue al bar. El joven casi sin darse cuenta comenzó a echarlo de menos, en realidad quizá esto no sea tan exacto, digamos que solo se extrañaba de la desaparición de su compañero desconocido. Se animó curioso a preguntarle al camarero, con algo de vergüenza, si sabía algo del viejo, y este le respondió que quizá había muerto.
El joven se quedo estupefacto, por la frialdad de la respuesta y por una especie de sensación de desamparo que le invadió. Se dio cuenta que el viejo era una de las pocas personas con quien compartía algo, aunque mínimo, desde hace bastante tiempo, antes cuando se sentaban juntos no parecía significar nada pero su ausencia le demostró que sí.
Le insistió al camarero si sabía si vivía cerca.
El dueño del bar solo lo miró un instante sin ganas y levantó los hombros, contestándole gestual y maleducadamente. Estaba claro que le importaba un carajo el viejo. Solo le dijo escuetamente que el anciano venía desde siempre pero nunca había hablado con él, salvo por algunas palabras obligadas, un buen día, un vino, un gracias y algunas veces un coñac.
Al camarero parecía que no le importaba un carajo nadie, mientras le contaba esto, casi sin ganas al joven, miraba la televisión sin la más mínima atención como si el programa fuese repetido o directamente como si la pantalla estuviera apagada.
El joven se sintió mal y se odió al verse reflejado en la desidia que el camarero tenía ante todo y particularmente por su desinterés hacia las personas. Antes él no era así.
- Pero por ahí sabe por dónde vive o por dónde va- le interrogó suavemente el joven
El camarero dejó de mirar la televisión y le dijo:
- No tengo ni quiero ni me interesa saberlo, creo que ya te lo dejé bien claro, ¿no?
- Vale, vale, hombre, no se enoje es solo por curiosidad.
El camarero le dirigió una mirada vacía y soltando un suspiro cansado comenzó a limpiar la cafetera dándole la espalda.
- Tome, cóbrese- le dijo el joven dándole el dinero y sin siquiera esperar el vuelto ni las buenas noches –que más que seguro no las hubiera habido- y dejó el bar.
Salió a la calle enojado, jodido por como lo habían tratado pero más dolido por darse cuenta lo insensible que era, lo dejado y abandonado y pensando que el viejo se había muerto y él ni siquiera le había dirigido ni una sola palabra, aunque hubiese sido por educación o por solo ser correcto. Nada, nunca le había interesado ni hablar ni escuchar al viejo. ¿Tanto le hubiera costado hacerlo? Él, que estaba solo y se sentía tan solo, y que seguro terminaría igual que él, ignorado por todos sin que nadie tuviera la delicadeza de responderle, quizá esperando que en sus últimos días alguien le escuchara, alguien que no fuese su médico, alguien que aunque fuese un poquito le interesara sus cosas de viejo.
Entendió porque el anciano no hablaba ni con el camarero, seguro que ya lo había intentado. Se imaginaba un intento de conversación con el de la barra, algo como: ¿qué tal va el negocio?- Bien. Poca gente hoy, ¿no?. Si. Que tiempo loco, ¿no?. Si. Y así hasta darse cuenta que era mejor dejarlo, quedarse calladito mirando su vaso de vino y esperar. Seguramente esperar a que pase el tiempo hasta llegar al final. Y lo había logrado, pensó el joven con pesar.
El cielo ya bastante oscuro se volvió negro por culpa de una nube llena de lluvia que tapó la luna, el joven caminó como un autómata sin siquiera ver por donde pisaba ni adonde iba, de repente se encontró de frente con una placita y un banco, se sentó a fumar y amplió su angustia transformándola en congoja pensando en la familia que había abandonado, en su mujer y su hijita, en que ya no las tenía y nunca las iba a volver a tener, en la vergüenza que sentía, en que fue una decisión cobarde y asquerosa escaparse a este país con falsas promesas de futuras venidas solo por escapar de las responsabilidades. Estaba sumergido en un dolor y en una tristeza que hacía mucho tiempo que no lo visitaba, perdido como estaba él, en una burbuja de desgano y abulia, cuando sin siquiera darse cuenta, cayó la primera lágrima y luego otra, y otra, y otra y así hasta convertirse en un lloro intenso, reprimido y sincero, y entonces, escuchó:
- Que tiempo loco, ¿no?
Miró a quien se había sentado al lado, y secándose torpemente las lágrimas con la manga de la camisa, lo reconoció, ¿cómo no iba a hacerlo? Si desde siempre bebían juntos en el mismo bar, le sonrió como un niño, con una alegría pura que tenía dentro y que había olvidado que la poseía, sintiendo como si un bálsamo lo hubiese invadido, le contestó:
- Si abuelo, y ojalá que hoy, por lo menos hoy, no llueva.

1 comentario:

Iván dijo...

Me alegro de que te hayas creado un blog dedicado en exclusiva a los relatos. Te añado el enlace.
Un abrazo!