lunes, 18 de agosto de 2008

La Tijera de los Tomates

Yo estoy aquí solo, esperando no sé qué, buscando entre mis recuerdos algo que me ayude a entender, busco respuestas y no las encuentro. Nadie sabe dármelas, todos me dicen que siga buscando, que no me dé por vencido, que me sumerja en la profundidad de mi mente, en los vericuetos de mi cerebro enfermo. ¿Enfermo?, tampoco lo sé.

Cada vez que él despierta recuerda el mismo sueño, a su mujer leyendo en el porche de la casa de la sierra, a su hija correteando entre los árboles, a él mismo, a su huerta llena de tomates rojos, duros y brillantes, a las acelgas abiertas como esperando un abrazo, a las calabazas naranjas de un color tan intenso que al atardecer se confunden con el sol, al columpio que él mismo construyó.
Él siente que hasta puede escuchar las risas, los ladridos de su perro negro, y hasta la misma canción que canta el jilguero, día tras día. Luego llega el crepúsculo que da paso a la noche y nace una luna llena, grande y hermosa en un cielo repleto de pequeñas e infinitas estrellas, la brisa nocturna y un silencio tranquilo. Se ve en la cama con su mujer, abrazado e intentando inútilmente hacer círculos con el humo del único cigarrillo que fumaba al día, cerca de ellos está su hija y su respiración pausada y despreocupada.
Soñaba tantas veces lo mismo, pero no se acordaba desde cuando, había aprendido a disfrutarlo, a recordarlo y, de alguna forma, a vivirlo. Pero eso ocurre los días buenos, los días elegidos como él los define.

Los días malos sueño en gris sucio y salpicado con tonos rojos, no existen las formas definidas y nada es tranquilo ni pausado, muy por el contrario todo tiene una velocidad endiablada, enloquecida y atemporal; es solo una seguidilla de situaciones dolorosas y gritos, muchos gritos. En los días malos nunca me veo a mi mismo, me percibo y aunque esté casi seguro de que soy yo, no me reconozco.
¡Tantas veces soñamos esto también!.

El sueño termina todo difuminado y confuso, se escucha un último suspiro de la hija y gritos desesperados de la mujer, luego el silencio, solo silencio. Ya la mujer y su hija están quietas, quietísimas, tiradas donde antes había una alfombra donde dormía el perro negro, no ríen ni gritan más, están desparramadas junto a unas tijeras teñidas de rojo que servían para cortar con tanto cuidado los tomates duros y brillantes. El sonido de fondo son ladridos y aullidos lastimosos.
Y me despierto, él nunca sabe que es lo que ha pasado, yo sí lo sé, yo sí lo recuerdo todo y quiero seguir haciéndolo, quiero sufrir, no deseo soñar con mi mujer y nuestra hijita jugando en la casa de la sierra junto a los árboles y a los frutos de la huerta, me resisto a seguir soñando con abrazos, lunas y estrellas, ahora esa no es mi realidad, antes quizá sí. Yo no quiero descansar, yo no quiero olvidar, yo no quiero tener sueños de los días elegidos gracias al efecto de estas pastillas de mierda que me dan.
Yo soy el que se despierta después del sueño horrible y agobiante, soy quien se despierta y se odia. El del sueño bonito es él, yo soy el que durante los próximos años tiene que pagar por lo que hizo, el que tiene que morir con la culpa. Al que no le alcanza estar encerrado para siempre.
Yo, el dueño de las tijeras rojas, y no el que construyó un columpio para su hijita.