jueves, 30 de abril de 2009

Luego se fue corriendo...

Cuatro microrrelatos de menos de 100 palabras, comenzando con: "Luego se fue corriendo...".


Relato 1
Luego se fue corriendo sin mirar ni una vez atrás. No solía actuar de esta manera pero en toda su triste vida –así la definía él mismo- buscó alimentar su ego para tapar la poca cosa que era. Esta vez no se vanaglorió con la muerte que acababa de producir, no se enorgulleció por la limpieza del corte ni con la rapidez de su ejecución. Ni siquiera se ufanó con la elección de la víctima. Esta vez, la mujer que eligió fue su propia madre y basto solo una lágrima de ella para darse cuenta que nunca más mataría.


Relato 2
Luego se fue corriendo llevándose sin pagar ese autito de colección que le había regalado su abuelo y que su madre había decidido vender junto a tantas otras cosas, en épocas muy malas. Siguió corriendo sin mirar atrás apretando su cochecito con su mano dentro del bolsillo, reconociéndolo con sus yemas, y recordando a su abuelo. Era un acto de justicia no pagar por algo que él nunca habría vendido, pensaba mientras se enorgullecía de lo que para él era una gesta. Tanto escapó que nunca supo que en la tienda de antigüedades nadie se había dignado a darse cuenta del robo.


Relato 3
Luego se fue corriendo sin saber que más tarde, esa misma tarde, iba a morir. Nunca había dejado una discusión con María de esa forma, pero hoy le parecía una idea extraordinaria. ¿Qué iba a hacer ella? ¿Perseguirlo por las calles mientras seguía gritándole?. No podía imaginar ni a María corriendo como una posesa detrás de él ni que la calle que estaba cruzando, mientras pensaba lo ocurrente que había sido, era de doble mano.


Relato 4
Luego se fue corriendo abandonándome como a un perro, después de tanto tiempo. Pero así pasó. Nunca imaginé que el cariño que me daban de pequeño iba a transformarse paulatinamente en gritos, primero y en palizas, después. Pero nunca quise denunciarlos. Quien iba a decirme que romper esa lámpara sería lo último que iba a hacer, si lo hubiera sabido quizá ni me hubiera acercado, pero esa maldita mosca impertinente se posaba una y otra vez buscando lo que logró. Escaparse de mis garras mientras yo saltaba para su caza y quebraba la lámpara de cristalitos en miles de pedacitos.